Seguro que alguna vez se ha parado usted por el mercado de San Juan, a degustar un rico taco placero con sabor a mediodía de domingo, un rico consomé que alivia la cruda realidad e invita al desempance con el compa viendo el fut.
Este tianguis es la desesperada huida del mundo infraurbano, día de esparcimiento para los necenses. Este paseo dominical es obligatorio para el gran chacharero, el coleccionista que aligera las monedas de sus bolsillos con artículos y curiosidades que se expenden sobre el piso, encima de hules coloridos y medio terregosos.
Es posible ver al jefe de familia comprando refacciones para las bicicletas –medio de transporte del señor de las donas y los churros–. Al ñor que se merca una vista aérea de San Francisco (y no de Asís), para adornar su incipiente sala; al cabo que él fue mojado una ocasión y lavó platos en un restaurante de chinos por aquellas tierras gringas.
Alguien se da el lujo de mercar sus discos de los “Escarabajos”, y hasta las pastas piratas inglesas son material de colección para el interesado en esos menesteres musicales, ávido e incipiente coleccionista, en aras de conformar su propia cultura y encontrar su identidad.
Se vende la salita usada y la dentadura de algún abuelo. Un nudo de gente se arremolina en torno al bueno: “Esa bolita es para robar”, y sopas, el robado se da cuenta que ya no trae dinero para pagar la playerita del pato donald, reforzada en el pescuezo. Ya ni llorar es bueno ante estas circunstancias y el birlado se lamenta en tono de “hijos de la chingada”, y se evapora entre la gente.
Fayuca de medio cachete (como diría el más bragado de los metalingüistas) se vende en su cajita original y sin más factura que la bendición de Dios y que te acompañe Marx debajo del brazo en una edición del Capital del Fondo de Cultura Económica.
Helados, conitos de harina, tronadores a la primera, aguados y correosos como cuero de marrano a la segunda mordida hambrienta de refrescarse la mollera por el calor que nos encabrita.
Aquí sí están baratos los chones: de a dos por cinco y tela de la que se amolda, para que le gusten al viejo y no ande de canijo en los puteros disfrazados de loncherías. Claro que hay que comprender las necesidades del viejo, sus canitas al aire y su necesidad de irse a chupar con los cuates de la chamba o con el compadre.
Lo único que nos interesa es vernos bien: hay que comprarse un buen espejo mentiroso, imitación bronce (puro plástico de color dorado) de a veinte varos. También hay colorete y rimel, bilés de colores chillantes, para que se vean bien las damitas chambeadoras.
Hay botas de casquillo y ropita usada para verse fresón, o de perdiz ver que la roturilla de las axilas es indicio de que el chavo es punketa, y bien rebelde sin causa. Chicos y grandes gastan sus fondos en garritas o chácharas, raspados y libros viejos.
A esas alturas, los bolsillos moquientos escurren sus últimas monedas y sólo queda lo suficiente para el camión o para refinarse un taco de cuero de marrano a un lado de los locales de herramienta en la avenida José del Pilar. Hay quien guarda un dinerillo para el camión y los tacos de canasta en la chamba, para los pingüinos y la “pecsi”, o para los tabacos, en su defecto.
Y justo cuando el clímax orgiástico de la compra venta de chácharas y ropa nueva y usada llega a su cima, el domingo se vuelve triste y el merequetengue de un día pleno de bullicio, olor a fritangas y a libros viejos, va quedando solo, sentado sobre el desperdicio de la fruta, sobre las cajas rotas y aplastadas en su inútil valor de dos pesos el kilo cartón.
Así, lo que parecía eterno, la fotografía que se repite semanalmente, se ve situada en su justa dimensión, a tono con los días. Si mi abuela compraba sus medias en el tianguis de San Juan, su nieto merca lo último en sabores a tripa frita, olores a consomé de borrego ladrador y chácharas a más no poder. A su salud.
Foto tomada de: http://defecito.com/2009/04/13/tianguis-de-libros-en-reforma/
Va una carta de mi cuaderno el "Anillo", de cuando se fue pa'l norte y jamás volvió. Esta pues, es la memoria de muchos cuates que han elegido el camino de la chuleta y el sueño americano. Chequen nomás qué sentimiento le imprime el escribano hoy gringo. Con ilustración de Jorge Barrios.
Qué pasó banda Kool Aid, quiero que sepas que me fue bien en la pasada a pesar de que nos agarró la migra en el primer intento, eso fue el martes como a las dos de la madrugada. Hay una reja como de tres metros de alto, pasando hay que brincar tres bordos, entre éstos hay un arroyito con agua que huele medio culero, por eso los coyotes nos dan unas bolsas para no mojarnos la ropa ni los zapatos. EL charco ese tiene como tres metros de ancho y 40 o 50 centímetros de hondo. Pasando el segundo bordo, unos pinches perros (de esos que ladran, no de los que hablan) nos dieron una leve corrediza hasta unas máquinas de esas para pavimentar, en donde nos escondimos. Como los putos perros no dejaron de ladrarnos, nos agarró la migra y nos llevaron a una especie de cárcel en San Diego, donde nos tuvieron hasta el miércoles a las 10 de la mañana y luego nos regresaron a Tijuana. Volvimos a intentarle a las seis de la tarde del mismo miércoles, entonces ya la hicimos: nos llevaron a orillas de San Diego y luego a una casa más céntrica. El jueves nos llevaron a Los Ángeles, ahí nos entubaron en un hotel. Éramos nueve. Nos dividieron en dos grupos —uno de cinco y uno de cuatro—. Yo me vine en el primer grupo, éste salió el jueves a las 24:15 de la noche hacia Nueva Jersey con escala en Chicago. El avión llegó acá como a las 10 de la mañana del viernes. El viernes, desde el aeropuerto, nos dirigimos a la casa de Juan, un cabrón que ya tiene rato acá. De ahí le hablé al cuñao Poncho, quien fue por mí y tan tan. Me encuentro bien y espero me mandes una foto de toda la banda: El Gordo, El Tribi, El Nene, El Chino, El Padre, El Flaco, El Bunga, El Mijoi, El Inglés, Eloyito, El Verruga, El Beni, El Sapo, El Chato… de todos, cabrón. Saluda a tu familia de mi parte. Te mandaré otra carta hasta que me contestes esta. Ahí me cuentas qué hay de nuevo por allá. El Paco Quiroz (firma).
Desde hace 10 años, este grupo de artistas plásticos se ha dedicado a plasmar su arte en paredes, bardas, muros y edificios, con la finalidad de encontrar una identidad. Neza Arte Nel es un colectivo que nació en el municipio de Nezahualcóyotl, en el estado de México, y está encabezado por Miguel Ángel Rodríguez alias Lupus.
Desde hace 10 años expresan su arte a través del muralismo de barrio y el graffiti. Los integrantes, son jóvenes artistas oriundos de la zona oriente de la demarcación y los cuales se encargan de marcar edificios públicos con pintas que reflejan la situación actual mexiquense, sobre todo de las zonas marginadas que existen en la demarcación.
Sus obras también han llegado al Palacio Municipal de Neza, así como en el Faro de Oriente, la línea A del Metro, en Pantitlán, Los Reyes La Paz, entre otros. El grupo artístico está conformado por "Tacho", el "Diego Rivera local", Alfredo Arcos, entre otros.
Sus obras se caracterizan por ser temporales, además de que buscan renovar el muralismo incorporando el graffiti, con lo que crean combinaciones de los nuevos y viejos elementos de ambas corrientes. El colectivo se dice estar en contra se la imposición ya que lo único que buscan es un espacio donde plasmar su plástica que se pueda disfrutar solo o en grupos, y para todos los públicos; dejando la moda atrás para buscar una identidad.
Sus murales también se han plasmado en las delegaciones de Iztapalapa, Tlalpan, Alvaro Obregón, Coyoacán.
Tomado de: http://www.eluniversaledomex.mx/nezahualcoyo/nota12423.html
visita el fotolog de Neza Arte Nel: http://www.fotolog.com/ciudadnezia/about
Manifiesto de Alfredo Arcos. La Revolución Sandiísta
¡Viva el manifiesto de la revolución sandiísta! ¡Viva la clitoricracia y el anarcosandiísmo! ¡Viva la resurrección del culto al pulque humano para todo enano! ¡Viva su propuesta del nuevo arte público tri y bidimensional para ciudad necense! ¡Viva la venus de Neza como ininterruptible paridora de futuras madonnas lesbiano-transgénero! ¡Viva el proyecto escultórico de arte libre y directo sobre el tema de las mamas de las mamás de sus ex-amigos necences! ¡Viva su curso introductorio al perfeccionamiento de la técnica precisa para aprovechar los recursos naturales propios y ajenos: Adiós al pulque humano para el mexicano!
Execro a los poetas aputarrados. Estoy asqueado de tanto lloriqueo de mal gusto. La venus de Neza sigue dándole el culo a los poetitas que no se atreven a olerla. Nadie dijo nada, sin embargo todo mundo guarda el olor de sus axilas.
¿De quién fue la idea de pervertir y masturbar a los maravillosos enfermos que nos enseñan a ubicar al mundo de manera distinta? Mejor volver a la clandestinidad luminosa.
Mejor dejar que el cabello crezca tan largo como el vello púbico de las grandes avenidas de la prostitución necense y seguir mamando de las mamas de las mamás de mis examigos. Es cierto, es mejor regresar al rinconcito húmedo y caliente de las querendonas mamás de mis examigos necenses, o tal vez sería mejor enmugrarse nuevamente y crecer frente a los colores del arcoiris que se inclina orinándose en cada esquina.
Dios ebrio, ilumíname. Estoy asqueado de los culitos putrefactos hambrientos de poder.
Ayer iluminé mis sandías ahuecadas con el llanto caliente de las veladoras que se desnudaron frente a cada poema vivo, texturado, resplandeciente de ubres alimentadoras.
Siempre quise formar parte del único y necesario gran centro cohesionador de la cultura del arte lúcido necense. Siempre quise aportar nubes eléctricas al sesudo vientre de la madre patria. Siempre quise cambiar mi deber cotidiano líquido por cualquier maravilloso orificio de cualquier mamá de mis examigos necenses. Neza: Municipio erecto. Ciudad necense: Municipio en proceso de erección. Me preocupan los cerebros marchitados por tanta puta droga inoculada. Mejor cambiar la dieta y crecer entendiendo el arte de la cocina sandiísta. ¿Cómo le haré para teñir de lodo mi alma? El alma es eterna y sus infiernos agonizan censurados gracias al sórdido nacimiento azul. Su salsa se derrama haciendo lloriquear al poeta de ano rasurado y bien lubricado. Los pintores mediocres no se imaginaron como eternos rebeldes: Decíamos que Alfredo Arcos ha muerto… ¡Viva el uei!
***
Recientemente se publicó el libro "Alfredo Arcos, el hombre de Las maravillas". Es una obra biográfica escrita por Rocío García y Antonio Malacara que incluye una serie de comentarios acerca del artista y su obra por parte de algunas personalidades, como Daniel Manrique, muralista, fundador del movimiento Tepito Arte Acá: “Alfredo comenzó a plasmar lo que tenía más cerca, y precisamente creo que fue uno de sus tantos aciertos. Yo le vi pintar, con una fuerza verdaderamente brutal, orgías de perros, también rostros humanos de aquellos chavos banda en sus inicios, los incipientes chavos banda de Ciudad Neza. Aunque eso nada tiene que ver con el grafitismo actual; ni siquiera con el rotulismo, como yo lo llamo. “Creo que Alfredo Arcos es verdaderamente auténtico. Con muchas influencias de las que pudo agarrarse, pero a final de cuentas, con su capacidad, lo que pintó resultaba ya casi un estilo, pero no porque lo anduviera buscando, sino porque, en cada quien, el estilo resulta. Y también porque se va reflejando en uno mismo el ambiente a que uno pertenece. En ese sentido, Arcos manifiesta un estilo verdaderamente brutal en cuanto a fuerza de expresión”.
Tomado de: http://lavida-real.com/joomla/index.php?option=com_content&task=view&id=187&Itemid=92
A chupar que el mundo se va a acabar. No queda más remedio que beber para ahogar penas, porque con pan y alcohol son más buenas. Dice Pancho mientras empina el codo y “hasta no verte Espíritu Santo”. Cansado de las riñas con su mujer y de la infidelidad de ésta con el carnicero, decidió exiliarse un tiempo en Guadalajara.
Pidió su liquidación en la empresa de telefonía y disfrutó de la vida por dos placenteros meses. Una vez terminado el capital, vagó durante quince días con sus noches y durmió en la banca de un jardín público, hasta que en un atraco le quitaron la cartera y, con ella, el último billete de veinte pesos. Entonces decidió regresar a su casa en México y hacer de tripas corazón. Total, nada que el jabón no quite ni desenmugre. A dónde más ir que con sus hijas y la piruja de su mujer.
Como pudo, logró reunir dinero suficiente para el boleto de autobús rumbo a "su casa". Al llegar, desde la puerta, vio un ataúd en pleno patio y sus respectivos cuatro cirios.
—Quién se murió —preguntó a un desconocido que hacía las veces de portero.
—Pues el dueño de la casa. Dicen que lo atropelló un autobús y lo dejó irreconocible. Lo identificaron por la credencial de elector —respondió el hombre.
Sorprendido, no se atrevió a entrar. Vio a su mujer y a sus hijas que, sin manifestar tristeza, repartían café y pan de dulce a la concurrencia. Le dio pena arruinar el momento. Se dio cuenta de su suerte y decidió morirse para siempre. Regresar a Guadalajara era la mejor opción. Total, él ya estaba muerto y mañana, seguramente, lo enterrarían para siempre.
En el barrio lo típico era la cascarita, para apostar los refrescos o por jugar el honor. Casi siempre era con una pelota ponchada, de esas rojas que nos negábamos a tirar a la basura. Era a todo dar tirar patadas y quedarse con el dedo gordo del pie derecho adolorido por la dureza del balón.
En las cáscaras de fut, había lo mismo Pelés que Batatas dribladores. En mi calle había un tipo que jugaba con la pata pelona y no le temía ni a los vidrios ni a las piedras. Ese sí era todo un pata de perro. Las porterías se empotraban en la imaginación y se marcaban por dos piedras de regular tamaño, separadas una de la otra por el número de pasos que se acordaran entre ambos bandos.
El fut en la cuadra significaba la oportunidad de vencer al rival vecino. Jugar de a los chescos era el parapeto para ganarle al equipo contrario, prácticamente, la hombría. El vencedor se pavoneaba de ser el campeón.
En el equipo improvisado siempre había el estrellita y el que se la rifaba para portero, aunque llegando a la casa siempre se lo rifaban con el palo de la escoba o con el cable de la plancha. Había los no muy buenos para la patada, estos entraban de refuerzo y eran muy truchas para el tirito –la bronca–. Casi siempre el agarrón era seguro y el pique inicial entre dos, se generalizaba hasta volverse campal. Rocaso seguro y apañón al que se caiga, le partían su jefecita al caído.
Los reclamos no se hacían esperar y la mamá del vecino reclamaba en casa ajena al provocador y agresivo que tundiera al retoño inocente producto de sus entrañas. Pero el fut no era lo único que nos quitaba el tiempo y el dinero de las tortillas. Había canicas y pretendíamos engañar a nuestra jefa diciéndole que el dinero había escapado misteriosamente de nuestro bolsillo, a causa de un descuido. Pero la jefa, con colmillo retorcido y dientes postizos, no se tragaba la mentira; de inmediato intuía que la feria de las gordas yacía en el cocol rifándose su águila y su sol con las cuirias.
De a tirito eran los encuentros y cuando más faltos de liquidez andábamos, le entrabamos al tacón o al trompo, al balero muy poco, pues éramos medio majes para entrarle al agujero. Recuerdo que siempre hubo un vago y el que se rajaba con su jefa por que le ganaron las canicas o el dinero. Como si las canicas fueran eternas y no costara un billete de la corregidora y el maguey, aprender a tirar de uñita o de güesito, tirar tragándole y bajándose como las barajas, el ogado mueres o el no hay calacas ni palomas, chiras pelas y otras tantas. El montón de canicas y dinero tenían paridad al cambio.
Se estrechaban las manos de uñas mordisqueadas, rellenas de tierra, para enfrentar al equipo contrario, aquellos a quienes decíamos los panaderos, porque en la esquina de su calle había un changarro con ese giro. Cada equipo tenía un patrocinador de mayor edad y el fútbol generaba rencillas, el pique entre los grandes se volvía pique entre los chicos –sin ánimo de ofender.
La pelota se ponía en juego, rara vez pateábamos un balón; esos eran únicamente para las ocasiones especiales: cuando íbamos a jugar a la deportiva de la Magdalena Mixiuhca o al campo de la calle siete. Golpeábamos las puertas y los vecinos se desgañitaban mentando madres y amenazando con llamar a la patrulla –como si fuéramos a caber todos en las patrullas de bocho o en una Julia.
Había un vecino medio tocado del céfalo, quien cuando andaba en estado de ebriedad sacaba la wínchester del abuelo y amenazaba con ella, provocando el miedo y la necesidad de buscarle un apodo: El fusil, se le dio por buen nombre y casi siempre y por pura mala fortuna, la pelota caía dentro de su jardinera cercada con alambre de gallinero o golpeaba en su puerta.
“Córrele que sale el ruco y nos balacea”, se oían las advertencias de terror. La calle quedaba desierta y segundos después, como ratas de campo, uno a uno regresábamos para retomar las acciones del partido. Para el tacón los había vagos, pero, para construir pistolas lanzafichas –corcholatas– nadie nos ganaba. Los había muy ingeniosos que saciaban sus instintos bélicos en la espalda del enemigo, capturándolo y fusilándolo a la manera de la Revolución. Había Patons y guerreros del combate de la tele.
También había guerritas con las cáscaras de naranja que depositaba en nuestra esquina la señora de los jugos. Las llenábamos de tierra y las dejábamos ir en contra del oponente. Había chillones y fusilamientos, caras rojas y ojos llenos de piedritas, no había esperanzas de que nos pavimentaran la calle y nos desquitábamos de las cuerizas que nos ponía nuestra esquizofrénica madre, echándole jugo de naranja en la cola al más barco de la pequeña pandilla.
También jugábamos a las escondidas, al cinturón escondido, a las cebollitas –para cachondearnos a los gorditos, los que más se asemejaban a las redondeces femeninas–, al bote pateado y a platicar cuentos de fantasmas con las chavitas de la misma calle, en una esquina oscura y tenebrosa. Comprábamos un peso de masa en el molino del maíz, para jugar a la comidita. Las niñas, reproduciendo la eterna abnegación femenina, sancochaban la plasta de maíz molido sobre un comal improvisado: la tapa del bote de pintura, aún cubierta de resquicios rojos de mal sabor que siempre nos empachaban.
La malicia empezaba a despertarnos la sesera y los ojos más avezados le volaban al jefe las revistas eróticas, que este escondía debajo del colchón. Ver pelos era lo máximo y nadie imaginaba que todavía hubiera alguien a quien no se le hubiera parado el tilín con sólo ver las escenas morbosonas de la tele. Quedarse con la revista era el máximo anhelo de todos; arremolinados y en bolita para que nadie sospechara de nuestras cachondas intenciones. Había silencios y no faltaba la broma del que le pregunta al azorado primerizo: “¿tú se la mamabas? El otro contestaba muy orgulloso –como sintiendo que la afirmación le daría etiqueta de arrojado– que “si”. “Pero a su güey” –era la respuesta que congelaba el ánimo.
Jugábamos a apedrear las lagartijas cuando asoleaban sus rugosas pieles sobre los tabiques ligeros de alguna construcción inconclusa. Estos lugares eran los castillos de la pureza de los sueños, los sitios para apartarnos de la realidad que vagaba en las calles y se zambullía en los charcos de lodo durante los meses lluviosos.
Nos gustaba encontrar objetos rescatables en los basureros: los polvos de amor de la madre Matiana, las vudúes brujerías en forma de muñeco rojo con sus respectivos alfileres; licuadoras oxidadas que nos hacían imaginar la posible compostura; mangueras para la lavadora –de las que yo me agencié una para la causa y se convirtió más tarde en mi azote personal cuando me pasaba de vivillo–; los hasta ese momento desconocidos condones –usados por supuesto– con su contenido ex vital y desagradable al tacto –acertaron, metí los dedos en uno usado.
El basurero era la trinchera para las guerritas de a rocasos. Era el sueño de volvernos ricos canalizando los materiales de desperdicio; vender los botes y latas viejas para sacarles una feria, que luego llevaríamos al cocol de las canicas o a la pared más dura para jugar retachaditas, rayuela u otra cosa. Éramos los viñeros de entonces, muchos sin la necesidad de hacerlo y otros con las ganas de ganarse una feria para arrancar una sonrisa a la jefa luego de llevarle las tortillas, compradas con pujidos de costal de ixtle lleno de desperdicios industriales.
En los meses lluviosos, los charcos se llenaban de hijos, grandes colonias de ajolotes. Verdaderas tumbas de lodo que nos dejaban los zapatos embadurnados. Había caminitos para cruzarlos, sorteando las temblorinas piedras, que inseguras amenazaban con derribarnos. Los mayores iban a trabajar y tomaban el camión sobre la avenida Pantitlán, aún no había micros ni con ellos división de clases entre los jodidos que viajan en chimeco y en pesera.
Tal y como iban secándose los charcos al finalizar la temporada de lluvias, las familias terminaron de pagar las letras del terruño y los escuincles pudieron ir a la secundaria, y luego al CCH y luego al Politécnico o a la Universidad, una vez concluidos los reglamentarios seis años primarios en una escuela urbana federal. El deporte de los mayores era practicar el chismorreo y gracias a esta sana diversión pudimos saber que la esposa de don “tal” le ponía los cuernos en un hotel del entonces Cine Lago con un panadero –qué original–. Y que don “tal” la fue a sacar de su nido de amor y la azotó encuerada por toda la avenida Pantitlán, para que se le quitara lo buscona. También supimos que la delatora era de la misma calaña, y que la revelación fue producto de una revancha, porque esta última le había echado el ojo primero al señor de profesión bizcochero.
Otros juegos notables eran las apedreadas a los chantes de la gente indeseable. Había el Loco que abría las puertas a patadas y luego echaba a correr para escapar de los afectados doblando la esquina. Pero una vez llegado el mes patrio, tronábamos cuetes y nos valía un cacahuate las narices ahumadas. Festejábamos la independencia manteniéndonos al margen de los adultos, quienes generalmente platicaban tonterías y luego platicaban pendejadas, para concluir agarrados del chongo.
Amanecíamos acurrucados, cuando nos daban permiso, apretujados los unos con los otros, sin imaginar que la niñez solo se vive una vez, soñando que éramos grandes, soñando que algún día tendríamos recuerdos. Hoy, muchos de los chiquillos de ese entonces son ciudadanos de Neza con oficio y trabajo estable, otros emigraron a los Estados Unidos a traer billetes verdes, otros se mudaron de barriada con la huella de haber vivido un segundo en el terruño del coyote, y otros, desafortunadamente, crecieron solo para morir o para extinguirse encerrados en la cárcel.
Los juegos, unos crueles y otros más, llevan la marca de una compañía que no se dará nunca en otros estratos, son y seguirán siendo los que configuraron la mentalidad de muchos Nezences, su despertar al sexo y a la imaginación. –Qué, ¿una cascarita?
Fotografía de Gabriel Orozco (México, 1962), Pelota Ponchada. Tomada de: http://fundacioncoleccionjumex.arteven.com/h/08_an_unruly_history_of_the_readymade_2.htm
A las doce del día el calor del piso sube hasta los ojos. Voy a comprar el kilo de tortillas que me pidió mi mamá; aprovecho para comprar un chile en vinagre y comerlo en un taco. A las cinco de la tarde tenemos acordado un partido de fut con los de la calle 14 que son buenos pero no invencibles: 10 de los últimos 11 partidos los hemos ganado nosotros.
Claro que soy el mejor, el único, el burlador, el héroe de la cascarita callejera. Una vez vinieron del Real Madrid —así se llama el equipo de la calle 15— para invitarme a jugar, pero mi mamá no me dejó por no haber lavado los platos de la comida. Ya te imaginarás el berrinche que hice, pero así son las mamás, ya las conoces.
Bueno, voy por las tortillas y, a punto de entrar a mi casa, el Cachacuaz —así se llama el perro del vecino— intenta morder mi hermosa pantorrilla, y yo, por esquivar sus dientes filosos de tiburón anciano tiro cuarenta centavos de tortillas redondas, equivalentes a un kilo, y enlodo una servilleta blanca bordada con uvas moradas y mangos amarillos. ¡Bendita sea mi suerte! —digo e intento salvar, inútilmente, algunos discos de masa.
Mi madre me condena al encierro vespertino. ¡Esa tarde no!, ¡por favor!, ¡nooooooo! Tenemos partido de fut con los de la 14 y yo soy el delantero estrella. No podrán jugar sin mí, perderán. Pero como soy más hombre que chango, asumo el castigo con valentía y coraje —más coraje que valentía—. La única zona divertida de mi casa es una selva tupida de rosas, buganvillas y sábilas donde juego con mis muñecos luchadores (Santo y el Demonio Azul) a quienes enfrento con el monstruo ojos de calzón, la temible serpiente caca de iguana y el Doctor Flato, cerebro de la conspiración internacional para destruir al mundo.
En la cocina, la abuela no permite intrusos. Puedes mantenerte quieto y sentado frente a la mesa, separando las piedras de los frijoles negros o quitando las espinas a los nopales. La cocina es el sitio de los prodigios: de las cazuelas de barro brotan moles negros, sabrosos pipianes con pollo, carnes de cerdo en salsa martajada de jitomate y chile verde, tortas capeadas de carne con su caldillo espeso. Hoy, ni la cocina me convence. Benditas tortillas enemigas del fut, pero ni el hambre misma doblegará mi orgullo herido de futbolista frustrado. No, no señor, juro que moriré de inanición y mi mamá llorará sobre mi tumba fría y dejará una rosa todos los años, justo el “Día del hijo” y se preguntará por qué fue tan mala, por qué no me dejó salir a jugar el sagrado fut con mis amigos. Esa será su condena; yo desde el cielo, convertido en ángel de alas blancas de pichón, me sentiré satisfecho con su culpa y su remordimiento. Ese será su castigo.
El cuarto de los tiliches es el lugar más peligroso de la casa, según mi mamá: —Puede haber animales ponzoñosos: arañas, alacranes, caballos o dragones de cinco ojos, con patas de jirafa y dientes más grandes que un colmillo de elefante africano. Colgada con un gancho del techo hay una bicicleta de llantas grandes con rayos cubiertos por telarañas. Las telarañas son tan grandes que de unirse cada hilo de ella en línea recta, darían dos vueltas a la tierra y terminarían justo en la puerta de la tienda de doña Chimbomba.
En el cuarto de triques hay cinco cajas de cartón, apiladas una sobre otra; un baúl que me recuerda la historia de mi tatarabuelo: “Una noche mientras dormía, me habló el muerto al oído para decirme dónde había enterrado un dinerito —centenarios de oro—. Dos días después fui con cinco de mis mejores amigos. La condición era que escuchara lo que escuchara, no debía correr ni asustarme, pues eran las almas que custodiaban el tesoro. La noche era hermosa: como una medalla, tenía una luna llena colgada al cuello. Cuatro de mis amigos no regresaron con nosotros, sólo dos volvimos, por eso debo guardar por siempre el tesoro maldito del difunto” —esta era la historia del tatarabuelo —que yo conocí por labios de mi abuela—. Creo que este baúl tiene las monedas de oro rescatadas aquella noche.
Además del baúl, hay dos botes para cocer tamales, una estufa blanca de peltre, cinco pares de botas de hule, montones de revistas y periódicos y una caja de herramientas. A través de un tragaluz se filtra el sol con pequeñas hebras luminosas. El polvo danza hasta volver nebuloso el ambiente y de vez en cuando me hace estornudar.
El tiempo se detiene. Me decido a recuperar el tesoro del tatarabuelo. Tomo una barreta que extraigo de la caja de herramientas, un martillo y dos desarmadores; no consigo mi objetivo. Me asomo por la ventana que da al jardín de los vecinos y veo a Xóchitl: hija única de don Martín y doña Gertrudis: él, policía, ella dedicada en cuerpo y alma a cuidar de sus perros: sirve generosas porciones de croquetas en el plato de aluminio de Filipo, Chambarete y Cochicuás, todos de raza indefinida, podría decirse: corrientes cruzados con de la calle.
A Xóchitl le gusta andar en bicicleta y a mi me gusta Xóchitl, los frenos en sus dientes la hacen más bonita. No quiero decir que ella tenga frenos como la bicicleta, sólo que así se les dice a los alambres que te ponen los dentistas para enderezarte los colmillos y no parezcas vampiro chupón. Con los frenos, Xóchitl parecen atrapar su lengua en la jaula hermosa de su boca; su cabello peinado con dos colas la vuelven un pan con mantequilla en una tarde de castigo tras dos horas sin comer.
Como puedo grito desde mi cárcel hasta que ella se acerca: —Y por qué te castigaron —dice con toda la elegancia de una princesa. —Por tirar las tortillas en un charco —le respondo como el más seguro caballero de las cruzadas. —Pues hubieran comprado más y asunto arreglado —dice segura como sólo mi madre puede decirlo. —No es tan fácil, mi padre dice que debemos aprender de los errores y por eso es necesario recibir un castigo cuando se comete un error —comento, queriendo parecer aún más interesante: un futuro hombre responsable. —Pues a mi me parece que tu papá es un ogro —eso no puedo permitírselo, por muy hermosa que sea y por mucho que me guste. —Pues piensa lo que quieras pero mi papá es bueno —defiendo al autor de mis días. Discutimos un buen rato hasta que amenaza con irse y abandonarme a mi suerte. No puedo permitirlo. Es la primera vez que estamos a solas —bueno, separados por una ventana—. En la escuela he intentado acercármele sin conseguirlo. Ella se hace la interesante. Sabe de la belleza de sus pecas: hermosas salpicadas de sol sobre sus mejillas, rosadas como jamón de pavo.
En la fila de entrada al salón, me coloco justo a un lado de ella para que me mire. Ella finge distraerse. Mi estómago se retuerce de celos cuando Gómez Gómez se le acerca y finge recargarse en su hombro sin que ella proteste. Deseo en ese momento que a Gómez al cuadrado se lo trague una tarántula gigante, que un perro buldog le orine las valencianas del pantalón y que se le pudran las agujetas, que aparezca King Kong y le vacíe un moco viscoso sobre su horrible cabeza aplastada, rasurada. Odio a Gómez al cuadrado, pero a ella no puedo dejar de quererla: tan linda con sus ojos negros y brillantes como uvas oscuras recién lavadas.
No puedo permitir que me deje a mi suerte. La tengo a mi merced, debo poner en práctica lo que he aprendido en la telenovela de las ocho de la noche: debo tomarla de la mano, pedirle que nos casemos en cuanto terminemos la primaria y que tengamos tantos hijos como para hacer un equipo de fut del que yo seré entrenador. Ella se negará —por supuesto— pero mi seguridad la convencerá. Podremos vivir, por lo pronto, en este cuarto de tiliches. Dice mi abuela que “cuando dos se quieren con una cama basta”.
No creo que Xóchitl coma mucho. Es muy flaca, como un palo de escoba, pero ya se llenará y le saldrán bolas por todas partes como a mi prima Leticia. Dice mi mamá que las mujeres que tienen bolas por todas partes son más bonitas. Yo no les encuentro chiste, las mujeres así parecen caminos con baches y a mi papá no le gustan los caminos con baches: siempre maldice cuando se le cruza una zanja, una piedra o un tope. Yo creo que las mujeres deben ser como las carreteras o los caminos, entre más parejas es mejor.
Ella me toma de la mano y acerca su boca a los barrotes de la ventana. En lugar de un beso recibo un puñetazo. Ríe como poseída por demonios diarréicos y baila de gusto sobre la escalera en que ha trepado para burlarse de mi encierro. Frente a frente casi puedo percibir el olor a chamoy de su boca, el aroma a chicle de frutas de su cabello rizado, los destellos de sus ojos como llama de encendedor de a tres pesos.
Todas la groserías que pueda hacerme no serán suficientes para dejar de quererla más que a mis muñecos luchadores, que al Doctor Flato o al monstruo ojos de calzón. Nacimos el uno para el otro y en nuestros respectivos destinos está escrito que compartiremos los tacos de sal cuando vayamos juntos a las tortillas. Estoy resignado a querer a su padre, a su madre y a sus perros tragones.
De nueva cuenta acerca sus labios a la reja de la ventana, quiero corresponder al regalo acercando los míos. Me escupe en plena cara el agrio chamoy de la burla y ríe otra vez, hasta casi agotar mi disminuida paciencia. Aprieto los puños en las bolsas roídas de mi pantalón, ahí guardo mi cola de lagartija de la suerte, mis dos canicas cebritas, mi tapón de lata de aerosol, veinte centavos del año mil novecientos cuarenta y cinco, una estampa arrugada con la foto de Pelé, dos corcholatas para canjear un dingo perro y un hueso de la suerte del pollo rostizado que comimos el domingo.
Hoy hubiera sido capaz de perdonar sus groserías y hasta su hermosa sonrisa pisoteando mi orgullo. Precisamente hoy que me encuentro en el cuarto de los tiliches, castigado por tirar las tortillas en un charco, sin poder abrir un baúl clausurado por dos candados, imposibilitado para enfrentar en el fut a los de la catorce, privado de los olores de la cocina de la abuela, hambriento y olvidado. ¡Oh, Xóchitl!, todo lo hubiera perdonado, que Gómez al cuadrado fuera a hacer la tarea a tu casa. Ver cómo te alejas sonriendo, tomándolo del brazo, guiándolo hasta tu casa, mientras yo: encerrado, hambriento, futbolista frustrado te miro caminar por tu patio con ése... Todo pude haberlo perdonado.
Pero no puedo perdonar, ¡nunca de los nuncas! que hayas secuestrado al monstruo ojos de calzón. ¡Eso no!, por qué lo hiciste. Por qué lo regalaste a Gómez al cuadrado. Sabías que no era tuyo, sabías que era mi compañero. Pudiste regalar mi corazón, masticar las yemas de mis dedos, cortarme las uñas de los pies con unas tijeras de pollero, pero no regalar mi monstruo ojos de calzón a ése, precisamente a ése tal Gómez al cuadrado.
Ojalá que un perro buldog les orine a los dos las agujetas y que se les piquen los dientes por los chicles que coman, que King Kong venga y les arroje un moco sobre sus cabezas para que se ahoguen en él, que se los coma una tarántula gigante, que les salga la mano pachona de la tasa del baño y les pegue el susto de su vida. —¡Oh, mi monstruo ojos de calzón!, ¡por qué!, ¡por qué! Por qué no se abre este baúl, por qué no podré comer el mole verde de la abuela. Cómo quedaría el partido de fut. ¡Snif! Debo meterme en la cabeza que las tortillas y las niñas son impredecibles.
Ahora que se acercan las fiestas de fin de año y los brindis y el cúmulo de abrazos y de buenos deseos, no puedo evitar recordar a la familia que tuve: éramos muchos y amenazábamos con ser más —se cumplió la profecía: parió la abuela.
Bien dicen que para partirte la madre, no hay nada mejor que tu familia y, ciertamente, ese puede ser el caso. Mi familia es producto de una serie de retazos y remiendos como las históricas colchas confeccionadas con sobrantes de otras prendas por los pioneros necenses.
Los días festivos: 10 de mayo, 15 de septiembre, 24 y 31 de diciembre eran fechas propicias para la reunión familiar y el agasajo. La mesa, pletórica, ofrecía a sus comensales los sabrosos guisos preparados por la abuela, cocinera durante 15 años de una fonda ubicada por el rumbo de La Villa.
Entonces empezamos a crecer y a sufrir los embates de la crisis económica que ha asolado al país de manera inclemente desde hace décadas. Cada rama familiar emigró a diferentes latitudes para emprender su propia historia. Adquirieron un trozo de mundo en donde la economía les permitió asentar un cuarto que, poco a poco y con grandes esfuerzos, se ha convertido en el patrimonio de sus hijos.
Todos y cada uno, de diferente forma y en menor o mayor grado, recibieron el apoyo de la abuela para adquirir, edificar y transformar la casa que les daría un hogar. Entonces éramos tenderos que le chingábamos como afroamericanos para vivir como proletarios, pero con poder adquisitivo. Esclavizados de tiempo completo y obligados a dejar guardias en el negocio para "no perder".
Pero como todo aquello que no se fortalece se llena de salitre, mi familia se ocupó de las palabras mal o bien dichas por sus congéneres; bien dicho aquello de que no somos claros sino claridosos, pues el Diccionario de la Real Academia Española define el término como aquel “Que acostumbra decir claridades sin atenuarlas”; es decir: "somos al chile".
Pero como reza el dicho: “Ancho del hocico y sentido del culo, como los jarritos de Tlaquepaque”, ningún claridoso fue capaz de soportar a otro claridoso de su misma especie. Primero fueron pequeñas ironías, después fueron grandes desencuentros que desenterraron agravios aparentemente olvidados y luego llegó la oscuridad.
No sabemos en qué parte de la carretera se fueron quedando trozos de nuestra piel sensible. No supimos cuándo olvidamos la solidaridad con la familia, cuándo olvidamos que nadie mejor que la propia raza para sacarte del atolladero —o para partirte la madre, como fue el caso.
Esas sabrosas comilonas se evaporaron, así como los años nos han devorado a cada uno. Los sándwiches de papas o de arroz, la cerveza y la plática, mezcla de campirano y citadino, de propios y anexos: consanguíneos y parientes políticos; el bacalao, los romeritos, los pollos rostizados, el abrazo, la sinceridad y la ironía a flor de piel en cada uno de los asistentes son piezas del museo de la memoria.
Hoy mis tíos son tan viejos como yo lo seré. Con los achaques y el perpetuo temor a la huesuda, hoy convocan a festejar el fin de año en la casa de la abuela, artífice en gran parte del fraccionamiento afectivo. Es difícil ser líder familiar, sobre todo cuando aplicas consciente o a lo buey la exclusión y la preferencia. Cuando compras el afecto o juegas a la política con la propia raza.
El polvo familiar amenaza con salir de la caja de Pandora: ¿Los comentarios guardados servirán para murmurar el día posterior a la reunión?, ¿La grilla asomará la cabeza justo un minuto después de despedirnos?, ¿La diferencia que nutre a la tolerancia será menoscabada?, ¿Bastará una mirada o una señal para descargar la espada flamígera con singular sadismo sobre la reputación de aquel que nos puede ser incómodo?
Viejas heridas sangran incurables y el corcel de la parca se desboca en nuestra dirección. Cierto día notaba con curiosidad que la muerte se ha acordado muy poco de nosotros, tal vez en un afán de compensarnos un tanto el caos que han sido nuestras existencias. Tal vez pensando con ello reparar el hambre de mis tíos y de mi madre, quienes compraban veinte centavos de cáscaras de piña con el frutero de maravillas, para probar el dulce desperdicio. Recompensa efímera por la cárcel perpetua del hambre que los persiguió durante mucho tiempo. Tal vez por esa sensación ancestral, no tener de comer siendo mi mayor miedo.
No sé si ustedes recuerden el festejo por mis ocho años, pero esa es de las huellas imborrables que este neo-ruco se llevará a la alcantarilla del olvido: mis tíos me compraron la ropa y mi madre el pastel. Y yo sigo recordando al tío Juan desmadroso y jovial, quien me enseñó a disfrutar las películas de hampones y de estafas. El tío con el que conocí el billar por vez primera —aunque no sea una de mis aficiones.
Recuerdo al enamorado tío Jesús y su eterna galanura, enamorado de su gato el Palomino, las paredes de su cuarto forradas de piso a techo por pósters de “viejas encueradas” —como decía la abuela— en donde me deleitaba mirando los vellos púbicos de rubias y pelirrojas, y sus puntiagudos senos, cuyos pezones señalaban al cielo de la chaira. No puedo olvidar que él me enseñó a los Creedence y que me regaló un álbum triple que conservo con cariño.
Como no recordar a mi carnala la Gorda, o la Chata, o Rosa, siempre querida, mi comadre, por sus intercesiones cuando la abuela buscaba desahogar su frustración sobre mi humanidad con la manguera de la lavadora. Cómo olvidar su alegría y su sonrisa, su desmadre y sus tristezas cuando quería asomar su chata nariz para probar un poco de libertad, fuera del encierro que significó la tienda para ambos. Te acuerdas, Gorda, de tus chelas con la tía Gris y de las chingas que te ganaste por briaga.
Y tú, madre, Martha, Negra —como bien te decían mis tíos, pues no podían llamarte de otra manera por obvias razones— te acuerdas de los pollos rostizados que comíamos cuando íbamos juntos al cine Sonora a ver películas de los hermanos Almada. De las papas fritas que acompañaban esos pollos y de la ensalada que degustábamos satisfechos luego de vagar interminables horas por el mercado Sonora eligiendo la mejor fruta que te daban a precio preferente tus amigas las vendedoras.
Te acuerdas que la güera policía de la clínica Prensa era mi novia, y que yo me chiveaba cuando ella me decía “mi amor”. Te acuerdas de la “Planchada”, el alma en pena que vagaba por el hospital cuando “nos tocaba” guardia y tú me escondías en el cubículo último, cuando me dormía cansado luego de jugar con los carretes de la cinta adhesiva.
Gracias a ti, madre, tuve entre mis manos la primera imagen de un parto ilustrado en tu libreta de tareas de cuando estudiabas enfermería. Cómo olvidar que sólo una vez me pegaste con una pantunfla y que muchas veces me sacaste al patio porque me dolía “la patita” gracias a tu herencia de fiebre reumática mal cuidada de cuando estuviste embarazada. Hoy me río y me consuelo sabiendo que algún día, cuando estés más vieja, te sacaré al patio a orearte un poco cuando ya no controles el esfínter —claro que es pura guasa, no temas.
Y tú, Vito, Victoriana —como lo dice tu fe de bautismo de una iglesia en Guanajuato— Victoria, abuela, madre . Qué puedo decir, te tocó bailar con la más fea. Hoy me pongo en tu lugar y aunque no justifico mucho de cuanto has hecho, aprendo de tus errores pero más de tus aciertos, que son muchos.
No quisiera llegar a ser viejo sin tener la fuerza que tú tienes. No quisiera llegar a ser viejo sin tu temple, sin tu arrogancia ni tus ganas de sobreponerte. De ti recuerdo muchas cosas, pero me quedo con tres que han sido fundamentales para lograr la edad que tengo: la primera es mi máquina de escribir —hoy propiedad de Beatriz mi prima—, adquirida para mí como parte de mis últimos reyes magos; la segunda es el día en que me congestioné por tragón durante un convivio de fin de año en la calle donde hemos vivido desde hace muchos años: no paraba de vomitar y el dolor abdominal era tan intenso que este charro negro estaba más caliente que una plancha y más abotagado que un tonel de pulque. Tú y sólo tú, Vito, madre, abuela, profesora de la vida, me levantaste como pudiste y juntos fuimos a las tres de la mañana, a pie, al doctor más cercano para que me aplicaran una inyección intravenosa que me facilitara cagar y vomitar. Y la tercera, una de las más importantes, cuando me acompañaste con el abuelo a pedir a mi señora a un pueblo de Oaxaca.
Por todo eso y por los recuerdos que la memoria se obstina en resguardar, la reunión de fin de año será lo que tenga que ser; los jarritos de Tlaquepaque tenemos más canas que ayer y nuestros hijos, nietos, bisnietos y posibles tataranietos heredarán esa forma claridosa de decir las cosas y estarán obligados a ser inteligentes para discutir y pelear al nivel de las ideas.
Buen fin de año, raza, y hasta que la huesuda nos alcance.
Una casa de cuadro bardas y luz tan natural como el jugo de naranja recién exprimido. Una casa para resguardar los libros y las películas que me gustan. Para que de ellas aprendan y con ellas se diviertan mis nietos, para resguardar el retrato que no tenemos de nuestra boda —Bolita—.
Me gustaría que tuviera paredes altas para guardar lo bueno que en ella se genere, para resguardar el sueño y la comida, las sobremesas y el auto que quiere manejar mi hijo Cepillo. En donde pueda escucharse música a todas horas y en donde el gato familiar pasee a gusto por el patio cazando moscas y se espante con el saxofón de Alina y su Take five. La quisiera luminosa y pequeña, con cuadros en las paredes que nos recuerden nuestra historia, nuestros muertos, nuestras alegrías.
Para que el Beto Vargas y el Javier Serratos chuleen la buganvilla y su sombra les recuerde un poco la frescura de su pueblo y sus mujeres. Para que el Chava nos recuerde cuando éramos pequeños en la urbana federal y Héctor y Óscar traigan su guante de beisbol y sus balones de básquet y de futbol y con los chavos juguemos a ser chavos, y vayamos al estadio a ver un partido Atlante-Cruz Azul, y yo me asombre de ver tanta gente y pueda agradecérselos a los Melgoza toda la vida.
Quiero paredes con pinturas y dibujos de Alfredo Arcos, de Uzías Martínez, de Martha Velasco; que resuene la música de Miguel Pineda, del Roca, del Son Solidaridad y del Son de Maíz, y de Ricardo López; que se escuchen los cuentos de Emiliano y de Pino Páez y los poemas de Kuitlauak y de Porfirio. Que Vulcano sea el triste zombie y que la buena-onda del Santos Velázquez y del Paquito Vázquez traigan el olor a buen café.
Que Nina Galindo, José Cruz, Jaime López, El Personal, Nota Roja y tantos otros se escuchen como en un museo reciente de los que aún vivimos para contarlo. Quiero una casa para recibir a mis amigos y para ofrecer buen vino a mi carnal Suriel y a su familia. Quiero hacerme viejo platicando con todos ellos en mi casa. Quiero que mi mujer se sienta orgullosa de los muros pintados, de las piedras reunidas y de las plantas y flores que tendrá en cada rincón. Quiero una techumbre transparente para que el sol nunca nos falte y seamos tan prietos como la existencia nos lo permita.
Quiero una casa para que los amigos de Reme y de mis hijos se sientan a gusto y fascinados —como yo lo estoy— por la familia que tengo. Quiero que mi compadre Alonso se sienta bien y tranquilo tomando una cerveza mientras vemos el fut americano en la televisión. Que su familia disfrute y se sienta arropada entre los suyos. Quiero que mi familia y la de Reme nos visiten y no se quieran ir de tan a gusto.
No me interesan los cada vez más numerosos puentes vehiculares que nos quitaron la virtud de poder mirar al vecino hacia el otro lado de la avenida. No me importa que los jóvenes cada vez amen menos la tierra que les da cobijo, que no tengan ni un mínimo valor de lealtad, solidaridad y respeto con los del mismo barrio. Aunque me entristezca mirar cómo retroceden nuestra historia conjunta cuando le jalan pulmón adentro al “activo” de sabores y se resignen a sus trabajos miserables y mal pagados, condenados a extinguirse y a extinguir a los que de sus pasiones resulten.
Sólo me interesa hacerme viejo y morir como en película de Kurosawa: levantando muros y poniendo rejas y pintando paredes, tal vez sólo imaginando, imaginando que hay netas y hay verdades, imaginando esa casa que quiero…
Me deshago de ritos y diamantes, arribo a las hojas como un zapato sucio. Mientras pueda me serviré del vino azul nacido entre las copas de mi amada.
Transito subterráneo en la palabra, su paladar me dice que en la luna vive una turba de poetas ciegos.
Aúllo y tiemblo cuando sobre el agua la piel de los sonetos nerudean, aplauden y se encienden como almas condenadas al azufre.
No puedo arder después de los bautismos: pierdo la capa y vuelvo a mi guarida siempre pendiente, siempre expectante; sé que hoy no vendrá la muerte vivo seguro en tu latido.
Va un texto de este charro negro publicado amablemente por la revista cincoletras, a la que sugiero se echen un clavado para degustar del trabajo de múltiples creadores en una propuesta muy original.
Por Ricardo Medrano Torres Todos tenemos o conocemos una fea, unos más cerca que otros. La fea es aquella que cree merecerlo todo, aunque sus formas no sean las más agraciadas. La desgraciada fea —perdón si os ofendo— tiene la virtud de buscar sin encontrar, de rascar como los topos hasta encontrar lombrices a las que obliga a ser sus esclavas, porque según ella, las libró del oscurantismo en el que vivían. Hágame usted el chingado favor. La fea es la emperatriz. Todo con el poder de la firma de la fea. Fea de cuerpo y fea de espíritu. Vacía hasta de las muelas, la fea deambula por el mundo buscando víctimas. Endeudada hasta los codos por tarjetas de crédito sobregiradas, todo lo compra y todo lo adquiere, hasta la cama ocasional. Pobre fea. A ella nadie le dijo que no tenía derecho al amor. Pero eso le vale máuser, se llena del top ten musical que le vende aquello de que las “llenitas de amor” cambiarán por obra y gracias de la edición y el maquillaje. Pobre fea que compra ropa de talla más chica porque algún día bajará de peso y, entonces, los demás se admirarán de su buena figura; pero ella nunca desiste de atascarse cual vil marrano cada que la ocasión lo permite —y si es de gorra, mejor—. Su lonja estilo minifalda le oculta el pubis que ya ni se conoce. Es un suplicio rasurarse las piernas y peor cortarse las uñas de los pies. Fea como pegarle a la madre. La fea se escurre y tiraniza. Intelectualiza con películas comerciales. Fea como una bruja, malhecha como alebrije de aprendiz cartonero, la fea existe por lo que es capaz de comprar y poseer, aunque su poder adquisitivo diste mucho de ser notable. Tengo pero no me tengo. Pobre fea. No puede dar la vuelta a su cuerpo con sus manos para darse un abrazo, siempre será fea y, peor, sola con su fealdad.
Rescatamos este viejo texto, publicado ya hace muchos años, en plena añoranza rucólica.
Los chimecos son el símbolo rodante de Nezayork, la única forma de fugarse a la realidad del Distrito Federal rumbo a la chamba, a bordo de los lomos del transporte suburbano. Herederos de una época arribistamente frustrada por una era nezosoica no registrada en los anales de la historia oficial. A bordo de un chimeco de piso resbaloso y olor a petróleo se hicieron planes para echarle los cimientos al terruño, para echarle láminas de cartón, de asbesto o galvanizadas al jacal donde dormía toda la raza. El chimeco es la efigie sagrada del Quetzalcóatl que regresa montado en su corcel hoy color verde, antes color mostaza. Interiores rojos y azules por los frascos de crema, crean un ambiente macabramente fantástico. Olores a chemo, a chela, a activo que activa la sesera y ayuda a andar más trucha por la avenida Pantitlán, la Chimalhuacán o el Bordo de Xochiaca, para aventarse unas carreritas desbocando el corcel. Los choferes de los chimecos se hacen chiquitos de vez en cuando y le piden el camión al jefe para aventarse una vuelta y costearse el rocanrol del sábado por la noche. El alma en pena deambula por las calles, “consorte de la muerte que se sube al mundo sin pagar boleto”, un chimeco se asolea y se dobla pero no se quiebra. ¡Que los jubilen! Piden a gritos miles de gentes que ya no aguantan sus estertores agónicos día a día, más notables en las noches cuando la raza llega a la casa, cansada y con ganas de un poco de calor humano de chimeco, de repegadas a cualquier morra de la secundaria o, de perdiz, a una señora desorientada. Un caldo de la gallinita a bordo de los interiores rojos o azules de un chimeco. –Pinche lépero, agárreselas a su madre. –Pinche vieja ni que estuviera tan buena. –Lo que se pierde una vez ya no regresa como era. –Bajan, cabrón. Me quieres llevar hasta tu casa. –Pinche sordo. –Súbetelos en el lomo. –Ya no caben güey. –Ya vámonos que no traje tortas.
Una señora gorda cobraba el pasaje con cara de huelemierda y te mentaba la madre a la menor provocación. Había cobradores flacos del grosor de una paleta de limón o de grosella. Cómo hace falta algo frío, para la sed que asfixia, que llena de vapores el cuerpo. El paletero expende su mercancía en una cajita de galletas forrada con hule y calcomanías de nenas en cueros. Ah cómo les ruge la axila a los señores albañiles que cínicamente le echan el ojo a las muñecas despistadas, del tipo de toda estudiante de secretariado con computación, ejecutiva bilingüe, y anexas, que tiene que costearse los estudios particulares a expensas de sufrir, por ahorrar, manoseadas en chimeco, mezclando su perfume chafa, imitación de la copia copiada del aroma original, con los olores nefastos a orina de la puerta de bajada: baño privado del cobrador y del chofer mientras esperan su turno para salir del paradero con su chimeco, repleto de gente con cara de monedas de cincuenta centavos; antes justo es echarse una mi-ada-madrina. –Para que no los ande comprando de a tres pesos, se los venimos ofreciendo por únicamente un peso. Un peso le vale, un peso le cuesta. Oscuras son las historias en torno al símbolo rodante, el mentado chimeco, el mil veces mentado chimeco, mentado hasta su madre por los cerrones que les da a los autos compactos, a los cargueros, valiéndole sorbete, se clavan, se avientan con esa brutalidad de oruga verde citadina. Chimecos que alguna vez fueron matadores de peatones, pues cuando por equis causa atropellaban a alguien, preferían echarse en reversa, pues salía más barato un muerto que un lisiado. Crispábanle las vísceras al cristiano caído para evitar pagar una indemnización de por vida. Chimecos que a galope devoraban avenidas negras, pavimentadas con tierra compacta a fuerza de múltiples tránsitos vehiculares. Polvo de desesperanza que tragaba la lengua a nuestros antepasados, primeros pobladores de Neza; mordidas de sol quemante. En Nezahualcóyotl, la vida sigue su curso y los chimecos son condenados a emigrar a colonias cada vez más inhóspitas y polvorientas, detrás del arco iris, junto a su chofer hediondo de playera sudada y mugrienta; sus aceleradores en forma de planta de pie desnudo y sus innumerables marcas automotrices adheridas a su tablero-camarote. Quizá en un futuro no muy lejano los chimecos sean pieza de museo en algún lugar del mundo o en la misma Neza y en sonido Hi fi se reproduzca su estertor agónico y ensordecedor, para mostrar a la humanidad de siglos posteriores que en algún lugar hubo una comunidad de personas que se atrevieron a surcar la vida a bordo de un corcel, primero amarillo y luego verde, y se enfrentaron al monstruo capiruchesco a punta de empujones, de mentadas, de torteadas, de olores a caguama, a chemo, a orina. Miradas tímidas y miedosas de estudiantes de secretariado bilingue con computación, hotelería y turismo con el nombre del descubridor de la penicilina. Gritos de pasajeros que esperaban acelerar la marcha con golpes a las desvencijadas láminas del camión. Difuntos que claman venganza contra las llantas ya muy rodadas de un chimeco asesino. Niños que en el futuro compararán a los chimecos con los planeadores de los hermanos Wright..... –¡Pásele para atrás por el amor de Dios!
Inmagen proporcionada por Gabriel Arenas; visiten fotos de su obra en: http://www.flickr.com/photos/59893969@N07/5696943210/ http://www.flickr.com/photos/59893969@N07/5696951230/in/photostream/
Mi mano ahuyentó soledades / tomando tu forma precisa, la piel que te hice en el aire / recibe un temblor de semilla Luis Eduardo Aute (Dentro)
La chaira o chaqueta es un cha-cha-cha, un sube y baja de seda en luna creciente y en cuarto menguante. Manuela es la mejor amiga en esas horas solitarias cuando la necesidad es mucha y qué mejor consuelo que aquella que siempre es fiel y precavida: la propia mano, de género femenino; palma cinco es la dirección correcta para apretar el cuello al cisne de espumoso plumaje, para sacar a pasear los animales y arrojar hijos fallidos al guáter, coladera o papel higiénico.
Chiro aquello de tejer chambras en tiempos mozos cuando la memoria alcanzaba para delinear rico en la imaginación las finas curvas de la maestra de geografía. Placer sobrado cuando recorte en mano atrancábamos la puerta del baño para darle sabroso al deporte del guante. Las piernitas contraídas y el esfínter apretado-apretado, hasta lograr la magia de la erupción, la explosión maravillosa del mejor amigo que uno pueda tener.
Lyn May fue mi primera musa. En su honor fabriqué formas y erigí pedestales para tenerla al servicio de mis recuerdos y necesidades. ¡Oh!, Lyn, cuántas veces fuiste mía, cuántas veces disfruté de tu inimitable figura, de tu hermoso rostro de facciones orientales, de tus contoneos y tu cachondería.
Cuántas veces logré la magia del tributo a Onán con el cromo de una rubia (en todos los sentidos geográfico-físicos) con botas blancas en aparente labor de parto, mostrando grácilmente, seductoramente, el punto de su cuerpo donde se reunían las horas para morir felices sobre un piano de cola color negro, cubierto con la bandera de los Estados Unidos de América. Gracias, Hustler, porque la rubia de ese número y yo moríamos al unísono. Buscaba la ubicación correcta del cromo sobre el lavamanos para que el reflejo de la luz del foco de 60 watts no rompiera la magia de la evocación.
¡Oh!, Meche Carreño, Ana Luisa Pelufo, Lilia Prado. Cuántas veces aparcaron sus maravillosas formas en mi radiante juventud e hicimos del placer algo tangible con los dedos de la mano. Yo, un humilde admirador de sólo 15 primaveras de vida; ustedes: diosas de la pantalla, milagros que la tecnología atrapó en la magia del formato VHS, que permitía pausar la imagen a gusto, para degustar sus pixeladas imágenes y fabricar una isla con la palma apretada, ajustada a las necesidades.
¡Oh!, cuántas veces la sola evocación de la ropa interior del tendedero vecino despertó la creatividad monstruosa de algún pequeño pervertido que imaginaba a la vecina enfundada en sus chones de luchador, transpirando con las tetas al aire por el sensual calor del verano. Cuántas y cuántas veces el propio cuerpo sirvió para elucubrar caricias en el pecho, en las nalgas, en la espalda, en las piernas, en el cuello.
Sabia naturaleza que dota de potencia inagotable a quienes transitamos esa bendita edad, cuando las ninfas compañeras de escuela empiezan también a descubrirse y descubrir sus atributos para el ansioso de ser, de tener, de degustar. Benditas las furtivas caricias sobre la blusa, sobre la falda, sobre la pantaleta, sobre la bragueta; tibias humedades juveniles que guardaban olores particulares, recuerdos de visitas al cine en compañía de alguien dispuesto a ser el cómplice perfecto de las manos, para horas más tarde desbocar los corceles a placer y volver a atrancar la puerta del baño, y volver al vicio maravilloso de los que nos asustábamos con posibles embarazos a la compañera, con enfermedades malignas que destruían la hombría por lo más preciado.
A la novia se le cita en el andén, abajito del reloj. Da la hora en punto y uno observa con atención el descenso del pueblo de los vagones anaranjados. Ella no llega puntual y a él se le queman la habas por el quicoreteo y el apapacho. Quince, veinte minutos tarde, ella arriba tan vaporosa con sus cuarenta y cinco minutos de trayecto desde su casa para cumplir con la cita. Qué importa que haya llegado a destiempo; total, cuando uno anda rendido a sus pies, las esperas no importan. De la manita se encaminan al cine más próximo.
Poco más de media hora de película y el Juanito Profundo (Johnny Depp) no logra más que nutrir la calentura con su farsa piratesca. Un guiño basta para ponerse de acuerdo en invertir mejor el tiempo: cinco letras. Ya era justo y necesario, tanto tiempo de estarle implorando y convenciendo de que el arroz se come, hasta que la Divina Providencia proveyó: le cayeron al faivleders (al cinco letras —para que me entiendan—). Pero lo que ahí sucedió es muy su purrún.
Luego de la obligatoria siesta caminan por la Alameda Central, piden un chicharrón con crema y chile y se previenen contra la sed con un orange en botella de plástico. Se hace tarde y la guaracha sabrosona suena que suena, retumba que retumba en el parque del que Diego hiciera su “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”. El amor brota por los poros cuando se es joven y se tiene la fortuna de probar los elíxires sagrados de tu diva y compartir los efluvios propios con la susodicha; sales fortalecido, más que menguado en materia de energía corporal.
Son novios y ahora amantes, son dos y uno solo, y esperan no convertirse en tres, porque en sus planes no está aquello de “donde comen dos comen más” (con eso se engañan, pues disfrazadamente lo desean). Él, de reojo, le mira las nalguitas con deleite. Mira nomás lo que me acabo de comer —piensa y se relame los bigotes como el gato.
Le echa el brazo sobre los hombros y caminan seguros de sí, seguros del mundo. El dinero que proveen los padres alcanza para estos pequeños lujos, para estos pequeños placeres. Se dirigen a la panadería e idealmente mercan un pan relleno de frutas. Van a comerlo frente al Palacio de Bellas Artes, no saben del Art Nacó ni del arquitecto Adamo Boari, pero degustan el pan y lo comparten placenteramente.
Presencian el atropellamiento de una mujer, miran al bolero despachar múltiples clientes en menos de una hora. A unos pasos, en La Alameda, los merolicos, payasos, activistas y otros muchos artistas generan un barullo que sostiene el corazón de la ciudad en permanente vals. A las veinte horas cumplidas, la noche se hizo de un vestido de lentejuelas luminosas y arremete contra las pupilas de los visitantes.
Ellos, los novios, se toman de la mano, se besan frente al Hemiciclo a Juárez. Los leones son testigos de aquel prodigio: dos seres humanos atrapados por las arterias de una ciudad salvada por el amor.
Se dirigen a la entrada del Sistema de Transporte Colectivo y sus ojos son otros: son novios, son amantes, son dos seres que tienen hora de llegada a sus respectivas casas. Hoy la vida tuvo otro sentido. A partir de hoy, no más “abajito del reloj”, son novios, son amantes…
Imagen: "La persistencia de la memoria" de Salvador Dalí
En mis andanzas por la red de redes, recientemente leí con atención las líneas expuestas en un efusivo artículo del músico y escritor Raymundo Colín publicado en APIA (Agencia Periodística de Información Alternativa). Me emocioné hasta las lágrimas. Me remonté a mis años mozos como miembro de Poetas en Construcción y me vi reflejado en los tránsitos de administraciones Perredistas y en el limbo cultural que sigue aquejando a quienes aspiran a degustar un caramelo ganado con el esfuerzo de su creatividad artística remunerada. Al calor de una sabrosa cebada bien frígida, comenté con el amigo Emiliano acerca del tentador empleo trianual que ofrecen los gobiernos municipales, en particular el de Neza. Elucubramos un ambicioso programa editorial de a devis y hasta hicimos planes y proyectos para cuando se acabe el sexenio y la administración federal prescinda de nuestra talacha como editores de las publicaciones de una Secretaría de Estado. Pensamos que sería conveniente darle nombre al changarro y poner la creatividad y el conocimiento al servicio de un gobierno municipal sensible y conciente de las necesidades de su municipio. Se nos ocurrió la idea de reincidir en la profecía y disfrazar al Emi de Quetzalcóatl, montarlo en un chimeco y armar el alboroto a ritmo del “mar los vieron llegar...”, porque, la neta, hay años luz de diferencia entre la talacha editorial del oficialismo municipal y la informalidad organizada, y lo que se hace por otras latitudes —y no es por echar flores en la calenda. Por un momento creímos que en Neza sería posible la remuneración del trabajo creativo y profesional, el pago justo de los productos artísticos y el alquiler del prestigio del artista que reviste al gobierno municipal o funcionario en turno. Pensamos en la profesionalización del trabajo del creador; en la verdadera exigencia de más y mejor infraestructura cultural (de a deveras) al servicio de toda la comunidad y no sólo de grupúsculos enquistados en la miserable ubre del presupuesto trianual; en la posibilidad de satisfacer las necesidades culturales básicas de los nezahualcoyotlenses —en memoria de los orígenes municipales— dando cabida en todo su esplendor al amplio espectro que ofrece Neza. Recordamos la experiencia de la primera administración perredista y el ciclo histórico que se repite desde entonces cada tres años y hasta la actual administración priista, resultando en las mismas cantaletas: la supuesta culpabilidad de las instituciones, la complicidad de sus creadores de arte y de sus “promotores culturales”, así como la indiferencia del público consumidor hacia ciertos productos o manifestaciones —el elitismo de quinta categoría—. Se han logrado avances notables en la producción artística municipal: cada vez hay más artistas comprometidos con sus ediciones, con su trabajo plástico, con su desempeño en el escenario, con la mejor ejecución de su instrumento; pero persiste la miopía y se sigue soslayando el capital que significan sonideros, gruperos, telespectadores, pornógrafos, organizaciones religiosas, liberales, feministas, homosexuales, coleccionistas de autos, fanáticos del cómic, gourmets, patinetos, deportistas, políticos y etcéteras, quienes paralelamente pueden impulsar a quienes sufren por carecer de un lugar en el gusto popular. Todo lo que el hombre realiza es cultura; por ello, no debe empantanarse el concepto en asambleas y posaderas en la foto para salir en primera fila. Debe considerarse el amplio espectro que ofrece la municipalidad y darse cuenta que son los menos quienes buscan enarbolar banderas culturales o esgrimirse en “profetas del nopal”. Son precisos análisis serios y propuestas concretas de fomento y desarrollo cultural en y para Neza. Aunque una cosa es cierta, el hombre y su cultura son dinámicos como el universo. Con o sin frentes culturales, con banderas partidistas o sin ellas, con financiamiento o sin él, la riqueza cultural de Neza se dará en todos los ámbitos y en todos los lugares, incluido el artístico: se impondrá sobre carencias. El artículo del brother Colín me recordó que no basta con hacer precampañas para lograr el hueso y dormir, plácidamente, el sueño de los justos mientras dura el trienio. Por lo pronto: ¡Salú!, y hasta que el sexenio nos alcance.
Sorpresas ha dado la vida. De todos, el más sorprendido soy yo, pues la arena ha ido asentándose hasta formar una rica playa, una fresca playa que precede a los cuarentas. He visto a mis amigos hacerse tan viejos como yo: Suriel Martínez, Emiliano Pérez Cruz, Beto Vargas, Porfirio García, Kuitlauak Macías, Toño Martínez… Sigo buscando mi “equilibrio espiritual” —como los monos de la serie de televisión 31 minutos—. No me imagino cambiando mi credencial de elector y nacionalizándome ciudadano de otra latitud que no sea Neza. No me imagino tan lejos del cantar de los Migueles Pinedas, de los Pacos Blancos, de los Colines; lejos de la pintura de los Alfredos Arcos, de los Alejandros Perezcruces, de los Antonios Ramos, de las Marthas Velazcos, de los Julios Galanes; lejos de la poesía de los Porfirios Garcías y Kuitlauaks Macías. Verdaderamente no me concibo. Una parte de mi se quedaría en Neza, seguramente. Mi ombligo seguiría enterrado en casa de mi abuela y me llamará a integrarnos cuando necesite de los cuates, de los brothers del barrio junto a quienes me he vuelto un pre-cuarentón. Cómo olvidar al Bunga, al Mijoi, al Tribi, al Faros, al Verruga —en paz descanse—, al Beni, al Chile —sin albur—, al Figa, al Flaco, al Burro, al Anillo, al Gusano y a su carnal el Gusnalgas, al Chismes, al Wuifi, al Gabazo, al Ruso… La verdad que se arruga el corazón cuando uno hace recuentos y se da cuenta que cada quién emigró a diferentes parcelas y que uno es el único que se ha quedado a cultivar una tierra cada vez más conflicitiva. Que la verdad eso de vivir en una “ciudad dormitorio” no ha cambiado mucho. Y entonces uno se da cuenta que los hijos crecen y que parte de su vidorria es de Neza y que el arraigo que trae uno ya no es el mismo que tienen ellos, pues ya son tan ciudadanos del mundo como cualquier gringo viajero. Y que lo mismo les da irse a vivir a las Bahamas que a Puruchucho, que su forma de vida es tan libre como los poemas que escribió su padre a finales de los ochentas y que llevó a casa de un tal Porfirio García, textos que fueron corregidos y publicados en la difunta Nezáfora. Y que esos esfuerzos por promoverse crecieron hasta convertirse en un sello bajo el nombre del grupo Poetas en Construcción. Y que fueron varios años de bohemia y literatura —al menos la que estaba a nuestro alcance— y que cada quién pudo decidir a libre arbitrio la senda a seguir y que me dio mucho gusto encontrarme a mis brothers poetas en el último festejo por su aniversario. Entonces uno se da cuenta de que la vida ha cambiado y de que uno ha cambiado, pero los cuates siguen siendo los mismos, aunque más calvos y más panzones. Y uno se hace su propia historia y se descubre como un simpatizante de la poesía. Uno descubre que el placer de la poesía debería ser de todos, tanto para escribirla como para degustarla, y que deberían eliminarse las etiquetas de propiedad sobre la creación y eliminar el vedetismo de los seudoescritores. Y que hoy día la ventana que es la red ofrece escritores de todos los estilos y tendencias; que los desconocidos rivalizan en popularidad con los conocidos, y esto sólo con el poder de un blog. Y festejamos que algunos aún persistan en su lucha gitanesca de promover su obra en el face to face que da la presentación, aunque seguimos confirmando que a las presentaciones sólo acuden los cuates o los familiares y a veces ni ellos. Entonces descubrimos que cada vez somos más viejos y que será necesario difundir la obra a través de un moderno compact disc, o echar a andar la tecla y aventurarse a través de la red y compartir con esos amplios públicos lo que se piensa y preocuparse por saber lo que ellos piensan. Descubro entre mi archivo un buen número de libros y documentos que dan fe y testimonio de una época importante en la que muchos ciudadanos comunes y corrientes descubrieron que en la nueva ciudad hacían falta árboles y los plantaron, que hacían falta lámparas de alumbrado público y las colocaron, que hacía falta pavimentar calles y lo hicieron, que hacían falta quiénes se llamaran escritores y muchos se pusieron en la lista para cimentar lo que vendría después —en esa misma tónica de constructores. Benditos mis cuates del barrio, mis amigos escritores, la educación pública, mi familia y mi barrio que me han visto volverme un pre-cuarentón nostálgico y, tal vez, medroso de emigrar hacia otras latitudes. Bendita la escritura que me ha hecho un simpatizante de la poesía y de la narrativa —que no un escritor en toda la extensión de la palabra—. Bendita sea la vida y una ciudad Neza que llevo engrapada en la memoria y en mis actos.
Conocí a mi padre un 30 de abril de 2007. Transcurrieron 32 años para volver a vernos. Curiosamente, el escritor Albert Camus tenía más de cuarenta años cuando lloraba sobre la tumba de su padre, un soldado muerto a los 19 de edad —así lo narra en su libro La caída (La chute,1956). Actualmente, mi padre y yo tenemos mínima comunicación telefónica; aunque hemos sostenido un par de encuentros acordados y la plática ha girado en torno a la vida de dos hombres tan dispares como independientes uno del otro. El escritor Emiliano Pérez Cruz señala que de poco sirven los padres para una verdadera educación de los hijos. Asociar la idea de propiedad privada a la crianza de un hijo e idealizar una supuesta admiración de los hijos a los padres puede, en ciertos casos como el mío, carecer de fundamento. La ausencia de él me dio la posibilidad de ser quien soy, y así estoy a gusto. En estos momentos, creo carecer de la necesidad de llamar a alguien padre o de que alguien me llame hijo, pues ha transcurrido bastante tiempo para intentar apropiarnos de la otra persona por convencionalismos que sólo nos llevarían a negar nuestra propia individualidad. La negación de la individualidad del otro me llevó a negarme sistemáticamente a acercarme a mi padre. Todos esos años él fue una imagen permanente en mis actos, y en cada uno de ellos fui desechándolo porque las condiciones así lo requerían. Había que echar mano de las herramientas y apoyos que se tenían y él fue borrado —también sistemáticamente— de mis asuntos. A pesar de ello, alguna vez me pregunté cómo sería mi padre físicamente, si sería parecido a mí, si tendría mi carácter, si compartía mis aficiones o si era un padre como el de Even Benestad (Grimstad, Noruega, 1974), quien en su cinta Todo sobre mi padre (Alt om min far, 2002) aborda, a la manera de un documento testimonial, con afecto, ironía y humor la relación con su padre, el doctor Even Benestad que gusta de transformarse en Esther Pirelli, ponerse ropa de mujer, maquillarse, colocarse los rellenos pectorales y salir a la calle a bordo de su convertible acompañado de su esposa (madrastra del director); esta última, respetuosa del gusto de Even por transformarse. Es decir, respetuosa de su individualidad.
Esto del apropiamiento, trasladado al amor de pareja, se ilustra eficientemente en dos cintas del director japonés Nagisa Oshima (1932, Kyoto, Japón): El imperio de los sentidos (Ai no corrida, 1976) y El imperio de la pasión (Ai no borei 1978); en la primera se muestran las obsesiones sexuales de una pareja que culminan con el cercenamiento del pene al amasio. La segunda está basada en un crimen cometido por una pareja de amantes en contra del marido para llevar a efecto esa necesidad de pertenecerse sin obstáculos. En otra cinta, Time (2006), el director surcoreano Kim Ki-Duk (1960), muestra la obsesión de una mujer por alcanzar el supuesto ideal de belleza del compañero, lo que la lleva a transformarse físicamente mediante una cirugía de rostro, convirtiéndola en un ser distinto al que él conoció y del cual se enamoró, arrastrando a la pareja a un desenlace trágico a partir de la negación de la individualidad de la otra parte. Para finalizar, hay que mencionar que Camus iba a la tumba de un padre que siempre sería joven —dadas las circunstancias de su muerte a esa edad—. Mi padre resucitó 32 años después y a estas alturas las pláticas de reconocimiento pueden resultar insustanciales. No compartimos una raíz, no hablamos el mismo lenguaje de intereses. Es difícil que resurja entre nosotros el sentido de pertenencia padre-hijo. Cuando platicamos, otorgo pleno respeto a su individualidad al no cuestionarle su vida personal. Sin tragedias ni cirugías para transformarnos el rostro, cada quien vive su individualidad. Trágico el sentido de pertenencia. Tal vez haya mucho de razón en aquello de la poca necesidad de tener un padre a la mano: hubiera ocupado mi tiempo pensando en el guión de una película para descifrar los rostros de un padre como Esther Pirelli o Even Benestad —como se prefiera.
Nacido en el Callejón del Sapo, Pino Páez y el hombre del mostacho y la melena frondosa son lo mismo. Tuve el placer de compartir con él una época de sabroso re-aprendizaje en el Consejo Editorial del periódico Ala Tinta. El líder Pino imponía su mostacho con sesuda claridad y prodigaba luminosidades en espejos de sabiduría —para decirlo en lenguaje aproximado. No tiene la gracia de bailar porque considera que el dance es propio de osos de circo —dicho en palabras pinescas—. Dejó de fumar hacer mucho porque fungió como chacuaco citadino hasta que se le polveó el frondoso pelambre del labio superior. Pino es un personajote, periodista y escritor, arroz de todos los moles: un tiempo se le vio en el periódico del Pato Pascual, haciendo el citado Ala Tinta, El Búcaro, el periódico de los trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo (Metro) y muchos etcéteras. Roberto Fernández Iglesias, de la tribu Tunastral toluqueña lo considera un escritor "barroco contemporáneo". El crítico literario y periodista cultural Alberto Arankowsky ha dicho que Pino Páez es un arquero que dispara con acertado pulso, y en todas direcciones, herméticas metáforas. Su manera particular de usar el lenguaje popular de México le ubica en un plano aparte; de ahí que se le considere un escritor barroco contemporáneo y, además —hágame usté el favrón cabor—: esotérico. A propósito de esto último, Pino dice describir la personalidad de la gente a partir de su caligrafía o, por lo menos, con eso intentó chorearnos alguna vez. Páez adjetiva y sustantiva, y luego fabrica verbos, y dimensiona la lengua en un grado desbordante que en la penumbra de la soledad hace posible elucubrar realidades más allá de los claros inmediatos. Autor, entre otras-muchas-tantas obras, de Manos vacías de pan, A solas en el altar, Los afilados cuernos de la luna, Luz patibularia, Pino tiene un don de gentes que le atrae multitudes a las presentaciones de sus obras: ha desbordado el Palacio de Bellas Artes en más de una ocasión y se ha brindado con alipús en el máximo recinto cultural a salú de Pino Páez. Vaya un saludo y una felicitación a través de este pequeño acercamiento al maestro, y luchador comprometido con las causas sociales.
Conde, según el diccionario de la Real Academia Española, significa “Caudillo, capitán o superior que elegían los gitanos para que los gobernase”. La primera vez que accedí a un texto de Pancho Conde (como lo llaman sus amigos), fue a propósito de la edición del libro Poetas en Construcción (Editorial ENTE, México, 1994), antología poética del grupo del mismo nombre; aunque Francisco ya tenía sendas trabes en su labor creativa y eso de la construcción ya no cuadraba con el nivel. No recuerdo cuándo tuve el gusto de conocerlo, pero Conde es un personaje de esos que no se olvidan: bajo de estatura, mirada fija y bigote multi aguja, el poeta y ensayista nació en Atlixco en 1951 (miembro de la generación de los 50’s, la misma de Emiliano Pérez Cruz, Ignacio Trejo, Víctor M. Navarro, Josefina Estrada, Roberto Diego, Rafael Vargas, Andrés de Luna y Víctor Roura, por citar sólo algunos). Alguna vez coincidí con él en la fila del Banco en la Unidad de Servicios Administrativos de la avenida Sor Juana, en Neza —Curiosa forma de coincidir con un poeta—. Me resigné a no abordarlo pues, tal vez, el vate no me recordaba y temí ser considerado un prole en busca de bolsear a un poeta cuenta habiente. Pero, en Nezahualcóyotl, ¿qué interés puede tener un Conde? Tal vez la respuesta esté a la mano en su libro La esquina de los hombres solos (Daga Editores, 1999) del que César Benítez Torres escribiera en la revista Cantera Verde lo siguiente: "Crónicas urbanas de una ciudad entre ciudades, el gigante vivo, resplandeciente, terrible y dulce; de Ciudad Nezahualcóyotl: toda una historia de pobreza y riqueza, de la contemplación lejana de los contrastes". Sin duda, Conde se ha nutrido de Nezahualcóyotl y es de los autores que tiene la virtud de poseer una doble nacionalidad: Puebla-Estado de México (Nezahualcóyotl). Estudiante de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y, más tarde, profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana, los trabajos de este autor son considerados por los cuates de la página electrónica Ficticia, como obras que “tienen la característica de la precisión y de un lirismo que sobrepasa cualquier academia”. La última cifra verificable de publicaciones de Pancho Conde ya sobrepasaba los 17 títulos, algunos de ellos son, de su obra poética: Estudios para un Cuerpo, Los Lobos Viven del Viento y La Arena de los Días; de su ensayística: Diálogo Inmediato, y La Esquina de los Hombres Solos, este último de narrativa. Conde es arroz de todos los moles, diría la sabiduría popular, y lo mismo se le mira en las publicaciones más diversas, en conferencias, mesas redondas, charlas y muchos etcéteras. Mario Calderón, en su ensayo titulado Desde la orilla o la generación poética de los años 50 en Puebla, dice que la poesía de Conde habla de la vida cotidiana y la vida bohemia. Cita Calderón un fragmento del poema Lobo solitario: “Las caderas jóvenes y los ojos de muchachas son apenas un sonido oscuro”. A Conde, como a muchos, nos persigue la época de la educación secundaria como una aguja caliente en la punta de la memoria. Durante una de las presentaciones de la serie Escritores al 2x1, organizadas por Conaculta, Pancho Conde recordó una anécdota de secundaria cuando se le atribuyó la autoría de un poema que no escribió, hecho que lo determinó a tomar la ruta de la poesía. También recordó los más de cien kilogramos de peso que ostentó durante una época de su existencia. "Hasta para comer y beber" provee la vida académica, dijo en esa ocasión el maestro. Anécdotas del trago, de la academia, de sus libros, de la vida bohemia, de su amor por la belleza femenina, de la generación de los 50 y de la lucidez de sus comentarios, dan pie a una biografía que, en su momento, alguien trasladará al papel. Bienvenido a Neza este líder de los gitanos, bienvenido a la tierra de la que nunca se ha ido. Bienvenido sea este Conde llamado Francisco. Bienvenida sea su poesía.
Foto: Rodulfo Gea; tomada de: http://www.google.com.mx/imgres?imgurl=http://www.excentricaonline.com/libros/images/uploads/conde_ortega_jose_francisco1.jpg&imgrefurl=http://www.excentricaonline.com/cartelera/cartelera_more.php%3Fid%3D5567_0_10_0_M&usg=__bZpvRVl8N7Yfpqc6QzEoZNNRVEM=&h=293&w=180&sz=39&hl=es&start=24&sig2=NsJrCf52COMRUpTVIxd-3A&zoom=1&um=1&itbs=1&tbnid=YiU-nr0PbzePgM:&tbnh=115&tbnw=71&prev=/images%3Fq%3Dfrancisco%2Bconde%2Bortega%26start%3D18%26um%3D1%26hl%3Des%26sa%3DN%26rlz%3D1T4RNTN_es___MX336%26ndsp%3D18%26tbs%3Disch:1&ei=dNGjTKnsEIOKlwey49mpCw